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La región del Catatumbo, en Norte de Santander, Colombia, se ha convertido en un epicentro de violencia debido a la lucha por el control territorial entre el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y las disidencias de las FARC. Esta problemática se entrelaza con la situación del ELN en Venezuela, donde la agrupación también ha mostrado su influencia. La situación ha generado el mayor desplazamiento masivo en la historia del país, con 85.000 personas afectadas y al menos 63 muertes registradas hasta el 14 de febrero, según datos del Ministerio de Defensa colombiano (ver informe).
El 31 de enero, el presidente Nicolás Maduro anunció la operación «Relámpago del Catatumbo», un esfuerzo conjunto con el gobierno de Gustavo Petro para combatir a estos grupos en la frontera. Sin embargo, esta colaboración ha generado críticas, ya que, mientras en Colombia se lucha contra la guerrilla, en Venezuela estas organizaciones operan con libertad en más de 40 municipios de ocho estados, según Insight Crime (leer análisis).
Además, el ELN en Venezuela ha desafiado la autoridad del gobierno, complicando aún más la situación en la frontera. Esto subraya la necesidad de un enfoque más integral para abordar la violencia en ambas naciones.
Una relación de décadas
La presencia del ELN en territorio venezolano se remonta a los años 80, pero se consolidó con la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999. Durante su gobierno, y luego con Maduro, el ELN expandió sus operaciones en estados como Zulia, Táchira, Apure y Amazonas, estableciendo redes de narcotráfico y minería ilegal.
Un informe de SOS Orinoco documenta que estos grupos han impuesto control social, político y económico en zonas clave, desplazando comunidades indígenas y fomentando delitos como la trata de personas y la explotación ilegal de oro. Además, la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) ha sido señalada por permitir estas actividades a cambio de beneficios económicos.
Un “combate” cuestionado
A pesar de las operaciones militares anunciadas por Maduro, organismos de derechos humanos, como Fundaredes, han denunciado que estas acciones han fracasado en erradicar el problema y, por el contrario, han fortalecido el control de la guerrilla en territorio venezolano.
Para analistas, la relación entre el ELN y el gobierno venezolano no es de enemistad, sino de conveniencia mutua. Mientras en Colombia se le combate como una insurgencia, en Venezuela opera como un grupo paramilitar que refuerza el control del régimen en regiones estratégicas.
Esta dualidad ha generado un fuerte rechazo de figuras políticas como la excandidata presidencial Íngrid Betancourt, quien advirtió que aliarse con Maduro en esta lucha es “entregar el control de la frontera colombiana a un dictador”.
A medida que la violencia sigue cobrando vidas en el Catatumbo, las preguntas persisten: ¿Hasta qué punto está comprometido el régimen venezolano en la lucha contra la guerrilla? ¿Es realmente una guerra o una estrategia para afianzar el control sobre el territorio?


